Las últimas semanas volvieron a recordarnos una realidad que Chile conoce bien. Lluvias intensas, fuertes vientos y cortes prolongados de suministro eléctrico afectaron a miles de personas en distintas regiones del país, obligando al despliegue simultáneo de cuadrillas, equipos de emergencia, municipios y empresas de servicios básicos. Como suele ocurrir en estos escenarios, gran parte de la conversación pública se concentró en la infraestructura dañada: postes caídos, caminos interrumpidos, árboles derribados o viviendas afectadas. Sin embargo, hubo otro elemento igual de determinante para enfrentar esta emergencia y que, una vez más, pasó prácticamente inadvertido.
Cada evento climático de gran magnitud moviliza a cientos de personas que deben tomar decisiones en tiempo real. Restaurar el suministro eléctrico, coordinar evacuaciones, despejar rutas, asistir a comunidades aisladas o responder a nuevos incidentes exige que distintos equipos trabajen de manera simultánea y coordinada. Cuando esa coordinación funciona, la respuesta fluye. Cuando falla, incluso los recursos disponibles pierden parte de su efectividad.
La experiencia demuestra que la capacidad de responder no depende únicamente del equipamiento o del número de personas desplegadas en terreno. También depende de la posibilidad de mantener una comunicación permanente entre quienes están ejecutando la operación. Y esa capacidad no siempre puede descansar sobre las mismas herramientas que utilizamos en la vida cotidiana. Los temporales suelen poner a prueba la continuidad de distintos servicios, evidenciando que la comunicación, más que un apoyo operativo, constituye una infraestructura esencial para gestionar este tipo de emergencias.
Este es un aprendizaje que sectores vinculados a la seguridad, la respuesta ante emergencias y la industria crítica conocen desde hace años. En escenarios donde cada minuto cuenta, la comunicación debe ser inmediata, segura y confiable, incluso cuando el entorno presenta condiciones adversas. No se trata únicamente de transmitir información, sino de mantener coordinadas las operaciones, proteger a los equipos en terreno y facilitar una toma de decisiones oportuna.
A medida que los fenómenos climáticos extremos se vuelven más frecuentes, también debemos ampliar nuestra mirada sobre lo que entendemos por resiliencia. Fortalecer la infraestructura del país no solo implica reconstruir caminos, reforzar redes eléctricas o mejorar obras de mitigación. También significa asegurar que quienes tienen la responsabilidad de responder puedan mantenerse conectados en los momentos más críticos. Porque cuando un temporal golpea con fuerza, la infraestructura más importante muchas veces es aquella que no se ve, pero que permite coordinar a todos los que trabajan para que el país vuelva a ponerse de pie.











